A la luz de la reflexión más simple, nos vestimos de tontos.
Acosamos fantasmas que no se desdoblaron
y sacrificamos a sus cenizas, el candor.
Los tiempos venideros aplazaron sus álgebras,
la libación de sus victorias por venir,
perpetuándose en ecos sin oídos.
Aislados y en delirio renunciamos al mundo
y el mundo renunció, conspirando ilusiones.
Y nos hicimos canto, versión autorizada,
himno de asociaciones tautológicas y faro perretado,
siempre en punta, valiente , sacudido y enfermo.
Y arrancamos cabezas, de turcos, por derecho
y por pura soberbia, cabezas de cubanos,
apostando a manipulaciones dosificadas
- la extensión de lo justo y lo oportuno -
y su interpretación.
Nos mentimos gigantes vituperando sordos
y no fuimos culpables más que de la mudez
con que, románticos – esa noción cegata que
endulza la responsabilidad del cobarde -
decidimos creer.
En esa circunstancia presa en nosotros mismos
y en el acoso que cultivan soberbios los sueños a deriva,
nos dejamos arrebatar cada derecho,
cada pedazo de historia, cada ilusión.
Y de tanto apuntar, nos incrustamos.
Renunciamos al presente por el futuro,
al sueño por la irresponsabilidad negociada,
al derecho de discurrir por su oportunidad.
Y nos creímos el hombre del futuro
en un presente de resentimientos;
presos del aleteo estéril de jugar a callarnos,
y dejamos de ser.
No hubo terceros.
